Primero intentó perseguirlo. Después descubrió que ni siquiera agarrándolo podía frenarlo. Años más tarde lo vio llorar, se acercó y lo abrazó. También recibió de sus manos una camiseta que hoy guarda detrás de un vidrio. Finalmente terminó viendo a sus propios hijos sufrir y festejar por él. Durante cuatro años, la carrera de Pablo Hernández se cruzó una y otra vez con la de Lionel Messi. Fueron rivales en España y con sus selecciones, pero también construyeron una cercanía que trascendió la cancha.
Después del retiro del “10” de la Selección, el “Tucu” recordó cinco escenas que explican por qué terminó admirando al mejor futbolista que enfrentó.
Capítulo 1: la primera vez
El 1 de noviembre de 2014, Hernández hizo algo que parecía imposible: salió del Camp Nou con una victoria. Acababa de llegar al Celta de Eduardo Berizzo y fue titular en el histórico triunfo 1-0 sobre Barcelona. Aquella noche descubrió que una cosa era mirar a Messi por televisión y otra muy distinta, tenerlo enfrente. “Primero no podía creer dónde estaba, con quién estaba y en la cancha que estaba”, recordó.
Después empezó el partido y desapareció el asombro. Había que correr. Hernández lo describe como una obra de teatro: Messi iba hacia un lado, salía hacia el otro, se sacaba jugadores de encima y volvía a aparecer.
“Terminábamos agotadísimos porque corríamos atrás de él todo el tiempo. No es lo mismo correr sin la pelota que con la pelota”, explicó.
Celta resistió y consiguió una victoria histórica. Hernández, además, se llevó una certeza: contra Messi había que jugar al límite.
Capítulo 2: “Era una roca”
Con el tiempo dejó de sorprenderse y empezó a obsesionarse con detenerlo. Celta tenía un plan: “Jonny” Otto lo perseguía por toda la cancha y otro jugador aparecía para hacer el dos contra uno. Con Chile sucedía algo parecido. Hernández, Charles Aránguiz y Arturo Vidal intentaban encerrarlo.
“Sabía lo que iba a hacer, pero aun así lo hacía”, reconoció. Hernández conocía el movimiento: Messi amagaba hacia afuera y con un toque se metía hacia adentro. Hernández intentaba anticiparlo, pero llegaba tarde. Hasta que una jugada le demostró que tampoco alcanzaba con el físico.
“Lo trataba de agarrar y no podía. Metía brazos, piernas, todo. Era imposible pararlo. Parecía chiquito, pero era una roca”, describió.
Lejos de frustrarlo, enfrentarlo terminó elevando su nivel. “Aprendí que contra estos jugadores no podés jugar al 80%. Competir con él me llevó a sacar más del 100% de lo que podía dar”, aseguró.
Capítulo 3: el abrazo
El 26 de junio de 2016, Chile volvió a derrotar a Argentina en la final de la Copa América Centenario. Hernández no pudo jugar por un esguince de rodilla sufrido en las semifinales, pero vivió el partido desde el banco.
Después llegó una de las imágenes más dolorosas de la carrera de Messi: sentado sobre el césped y llorando tras fallar su penal.
“Me dio muchísima tristeza. No se le daba. Ya eran dos finales seguidas”, recordó.
Los enfrentamientos en España habían generado cierta cercanía entre ambos. Hernández había tenido oportunidades de conversar con él y había descubierto otra faceta.
“Te hablaba de la misma manera que hablás con un amigo del barrio. Su humildad me sorprendió”, destacó.
Por eso, mientras Chile festejaba, se acercó. Messi tenía los ojos llenos de lágrimas y Hernández no intentó encontrar una frase.
“Hay momentos en los que las palabras están de más. El abrazo lo dice todo. Era como decirle que todo iba a estar bien”, expresó.
Capítulo 4: el tesoro
El 11 de enero de 2018 volvió al Camp Nou. Esta vez estuvo desde el banco. Celta enfrentaba a Barcelona por la Copa del Rey y Hernández atravesaba un momento complicado con Juan Carlos Unzué.
Antes del partido se cruzó con Messi en un pasillo. “¿Qué pasa que no jugás? ¿Estás lesionado?”, le preguntó el rosarino. Hernández se sorprendió de que estuviera al tanto de su situación. Le explicó que era una decisión del técnico y aprovechó para pedirle algo que nunca le había pedido.
“Leo, nunca te pedí la camiseta”, le dijo. Messi se rio por la cantidad de pedidos que recibía cuando enfrentaba a Chile y se la prometió. Barcelona terminó ganando 5-0, Hernández no ingresó y se quedó con la bronca de haber visto todo desde el banco. Pero Messi cumplió.
“Se me pasó todo. Pasé de la tristeza y la amargura a la felicidad”, contó. Hoy esa camiseta está enmarcada detrás de un vidrio en su casa. Nadie puede tocarla. Los amigos de sus hijos llegan y preguntan siempre por ella.
“¿Dónde está el tesoro?”, contó Hernández que suelen preguntarle. El tesoro está en Tucumán.
Capítulo 5: el ídolo de sus hijos
Los años invirtieron los lugares. Hernández dejó de perseguir a Messi dentro de una cancha y empezó a verlo desde Tucumán junto a su familia. Sus hijos crecieron idolatrando al mismo futbolista que su padre había intentado detener. También cambió su mirada. Ya no veía solamente al jugador. Veía al hombre que había perdido finales y seguido insistiendo hasta conseguir aquello que durante años se le había negado.
“Aprendí que no hay que bajar los brazos, y fue gracias a él”, aseguró. Por eso entendió el retiro. Hernández también atravesó ese proceso después de casi 20 años como profesional y conoce el desgaste de los viajes, hoteles y concentraciones. “Llega un punto en el que ponés todo en la balanza y decís: ‘hasta acá llegué’”, reflexionó.
Su familia todavía se resiste. Sus hijos querían seguir viendo a Messi con la camiseta argentina. Hernández lo mira desde otro lugar. Después de perseguirlo, intentar agarrarlo, abrazarlo en una de sus noches más dolorosas y guardar su camiseta como uno de los grandes tesoros de su carrera, siente que frente al final ya no queda nada por pedirle. Solamente decirle gracias.